En apenas un mes, el ICE ha vuelto a sacar la artillería pesada en Minneapolis. Esta vez, el afortunado en recibir un balazo fue Alex Jeffrey Pretti, de 37 añitos y ciudadano estadounidense, quien se convierte en la segunda víctima de la maquinaria asesina de esta agencia federal en las tierras de Minnesota. ¿El primero en caer? Ah, una tal Renee Good, cortesía del agente de élite Jonathan Ross el 7 de enero pasado. Tremenda cosecha.
La historia de Pretti no es solo de lamentos y tiros, sino que viene sazonada con un poco de activismo político. Ese muchacho ya se había lanzado con pistolas y sombrerazos a las protestas anti-Trump en las calles. Y no olvidemos la saga de 2020 por el linchamiento de George Floyd, donde también caminó por las piernas del ICE. Una especie de Aladdin de la resistencia, el chico.
La historieta de Alex tiene un toque dramático: sus padres, Michael y Susan, tuvieron que enterarse del descenso de su crío por medio de voces periodísticas. Pobre de ellos. Y para completar la película de acción, el chaval se graduó en la U de Minnesota, se convirtió en enfermero para veteranos y trabajó como investigador. ¡Qué curriculum, mi señor!
Pero, qué importan todas esas sobadas historias cuando la noticia aquí es la ejecución de Pretti a pleno sol del sábado, en un altercado de telenovela. Según cuentan las buenas lenguas, el muchacho sostenía su cajita mágica (su celular) cuando llegaron los hombres de negro a molestar, y terminó lleno de sorpresa por el aerosol de pimienta.
Y como sacado de una película de Tarantino, Pretti fue arrollado por un convoy de héroes federales, mientras los buenos vecinos, con silbatos como superpoderes, los mandaban a parar. ¡Frenética secuencia de acción en vivo!
Pero después de la maratón de disparos, el Departamento de Seguridad Nacional soltó eso de que «tuvieron que repartir plomo para no acabar en un colador, porque Pretti venía con ganas de masacrarlos a todos». Claro, siempre justificando lo injustificable.
Sin embargo, aclaro que, a pesar de la pólvora y el plomo, la familia de Alex gritó bien fuerte que el muchacho tenía su permiso de ley para andar con su pistola. Y no sin risa y cerveza, adivinen quiénes validaron la historia: ¡el jefe de policía de Minneapolis y el gobernador de Minnesota, directo del asilo de corruptos!
Y ya saben, el combo se completó con una cacería de José Huerta Chuma, un migrante agresivo, presunto asaltante y gamberro de la zona. Pero qué casualidad, ¿no? Ese día la policía decidió que Alex, con su permiso güey, era el malo de la película. ¡Así se las gastan estos héroes de pacotilla!
En fin, así termina otro episodio de la serie “Cómo el ICE juega a ser dios en las calles de Minneapolis”. Siempre listos para matar, siempre justificándose, siempre susurrando en voz baja: «la ley está de nuestro lado». ¿Quién sigue en la lista negra de la inmortalidad? ¡La cosa está buena en la gran manzana!
