Por Dr. Gabriel Torres Durán
Doctor en Ciencias Políticas
La consulta ciudadana en Tlaxcoapan no solo rechazó un proyecto; rechazó una forma de hacer política. No fue el Parque Ecológico lo que se votó: fue la manera en que el gobierno intentó imponerlo, sin construir confianza, sin tejer narrativa y sin leer el territorio.
Como analista, he insistido en una idea que aquí se confirma: los proyectos estratégicos no se ganan en el escritorio, se ganan en la calle, en la narrativa, en la operación política real.
El proyecto, técnicamente, era sólido: empleos, economía circular, recuperación ambiental, cadenas productivas locales. Pero nada de eso apareció con claridad en el discurso oficial. La narrativa fue tardía, reactiva y arrogante. El resultado: una comunidad históricamente lastimada, que respondió con desconfianza.
Cuando no hay vocerías legítimas, el rumor gana. Cuando no hay diálogo, la gente interpreta. Y cuando la planeación no traduce beneficios en confianza, la consulta se convierte en castigo.
El error no fue ambiental. Fue político.
La Secretaría de Planeación y Prospectiva tenía una tarea clara: construir consensos alrededor de un proyecto de alto impacto. No lo hizo. Miguel Tello no leyó el contexto, no cuidó los tiempos y sobreestimó la técnica por encima de la sensibilidad. Planeó sin territorio y ejecutó sin legitimidad.
No basta con tener razón técnica. En política, hay que tener razón pública. Y en Tlaxcoapan, esa razón la perdió el gobierno.
¿Qué sigue?
El “no” de Tlaxcoapan tiene consecuencias. Se pierde inversión, se pierde capacidad institucional y se mancha una agenda que, hasta ahora, había avanzado con ritmo. Pero el mayor costo es político: cuando un gobierno tropieza con un proyecto emblemático, la reacción casi siempre es una: ajustar al equipo.
Miguel Tello queda en el centro del costo. No porque el proyecto fuera suyo, sino porque la planeación sin sensibilidad terminó aislando al gobierno del respaldo social. En un gabinete que busca eficiencia con legitimidad, la falla de Tello es estructural.
Tlaxcoapan no rechazó el desarrollo. Rechazó la soberbia.
Y en política, cuando un proyecto se cae por falta de escucha… siempre hay alguien que termina pagando el precio.
