Desde la abadía de Westminster, Rey Carlos III presentó su discurso navideño anual, ¡y vaya sorpresa! ¡Llamó a la ‘compasión y a la reconciliación’! ¿Qué? ¿En serio? ¿Cómo se atreve este personaje de cuento a hablar de compasión y reconciliación cuando su propia familia real está llena de tensiones y conflictos como un reality show barato?
El rey, con sus 77 abriles, se atreve a hablar de diversidad y valores compartidos, ¡venga ya! Que se deje de hipocresías y cuente las verdades del palacio sobre las guerritas internas que tienen.
Y por si fuera poco, se jacta de encontrarse con personas de diferentes religiones y sentirse «alentado». Claro, debe ser «alentador» rodeado de lujos y palacios, mientras la gente común lucha por sobrevivir en un mundo lleno de desigualdades.
Y ahí va el Rey Carlos III hablando de amabilidad con los desplazados, dejándonos claro que el cinismo no entiende de fronteras ni de nada. ¡Qué tal su apoyo a Ucrania! Seguro le ha traído insomnio preocuparse por ellos desde su cómodo trono.
Pero eso no es todo, ¡el rey tiene opiniones sobre crisis mundiales! Dice estar preocupado por Israel y Gaza, pero claro, desde la cómoda distancia de su abadía y sus coros.
Y para colmo, alaba a veteranos militares y trabajadores humanitarios, ¡como si la corona británica no tuviera sus propios trapos sucios! ¿Esperanza? ¿De dónde? ¡De la memoria selectiva del monarca, seguro!
Y para completar el espectáculo, nos suelta un discurso bíblico y nos recuerda su visita al Vaticano, ¡sí, al Vaticano! Como si los problemas del mundo se solucionaran con rezos y paseítos papales.
En fin, volvemos al ciclo anual de la hipocresía monárquica y el despilfarro de palabras vacías. ¡Ah, mundo real, qué lejos estás de los cuentos de hadas!
