El Congreso en su esplendor, moviéndose más rápido que compadre en quincena, no pudo ocultar sus pleitos internos al aprobar la Ley de Transparencia de Archivos Epstein. 427 a favor, 1 en contra, ¡y pausa! Mike Johnson decidió hacerse el buen samaritano y no enviar al Senado el proyecto volador. Excusa: proteger a las víctimas. Y claro, sin chistar, mandaron la burocracia a la Casa Blanca.
La Casa de Johnny Thune confirmó que el miércoles los papeles estarían llegando a la Casa del Rey Naranja, con un flasheo automático para aprobar a lo rápido. Chuck Schumer, aprovechando el insomnio, pidió concierto bipartidista y ni el gato negó. El show debía continuar.
El gran héroe Trump, después de dar su show, con fanfarrias de amenazas, tuvo que bajar el telón y aceptar. ¿La razón? Demos ocupados desempolvando 20,000 correos de Epstein, con chismes que involucraban al empresario con tintes turbios pero sin pruebas redondas. Trump tuvo que ponerse el traje de héroe y decir que «sí, sí, publiquen todo».
Luego, en un capítulo de novela de bajo presupuesto, víctimas como Annie Farmer salieron al Capitolio a meternos tensión innecesaria. Otra, Jena-Lisa Jones, disfrutando de su momento de fama, decidió apuntarse a la ola acusadora a Trump, calificándolo de político barato.
En resumen, la ley exige que se revele todo sobre Epstein y su cómplice, Ghislaine Maxwell, desde vuelos, comunicaciones, y demás rollos legales. Pero que ojo, Trump y su combo aún pueden censurar el chisme sensible, si es que no quieren arder en la hoguera pública.
Y mientras, la Casa de blancos y azules dice que antes éramos ciegos, sordos y mudos sobre Epstein, ¡pero ahora somos transparentes! Claro, muy coherente… Amen.
