Estados Unidos perdió por completo el miedo a los ayatolás de Irán y saltó al ruedo ofreciendo 10 millones de dólares por la cabezota de Mojtaba Jamenei, el autoproclamado líder supremo del país persa. ¿La razón? Esa joyita y otros 9 altos cargos figuran en la lista VIP de líderes terroristas iraníes que la Administración Trump quiere neutralizar.
Para hacerle cosquillitas al régimen iraní, Estados Unidos metió al Medio Oriente dos mil 500 marines más y un barco de guerra, como para recordarles quién manda en el patio trasero. Y no contento con eso, Trump y su paladín Pete Hegseth andan difundiendo por ahí que Jamenei está modernizando su look con un hermoso rasguño y desfiguración cortesía de los misiles gringos.
Pero no solo eso, el Pentágono, ese lugar donde sueñan con la guerra como una diversión de fin de semana, se jacta de haber eliminado más de 15 mil objetivos en territorio iraní, como si estuviéramos en un videojuego de destrucción masiva sin reinicio. La Fiesta de la Furia sigue su curso, con Trump pavoneándose en redes sociales con sus diatribas guerreras y su discurso de que los está matando a ellos antes que ellos maten a otros.
Mientras tanto, piden alto al fuego desde México, Colombia y Brasil, porque la cosa se está poniendo color de hormiga en Medio Oriente. Hablan de diálogo, paz y demás palabrería, como si los bombazos y reclamos por petróleo en Washington no fuera el pan de cada día. La crisis del petróleo en cifras astronómicas mientras la guerra y el caos se apoderan del escenario. Porque, al final, se trata de poder, dinero y egos heridos en una danza fatal que arrasa pueblos y deja más odio que soluciones reales, y con Trump y su pandilla como los maestros de ceremonias de esta carnicería moderna. Sin filtro. Sin arrepentimientos. Y sin fin a la vista.
