En la calurosa madrugada del sábado en Caracas, Venezuela, se reportaron al menos siete explosiones que hicieron temblar la ciudad y aviones sobrevolando a baja altura. ¿El gobierno venezolano se preocupó por dar explicaciones? Obviamente, ni una palabra.
Los residentes, sorprendidos por el estruendo, salieron despavoridos a las calles, siendo testigos de un espectáculo un tanto aterrador desde distintas partes de la capital. Mientras tanto, en la meca de la corrupción mundial, el ejército estadounidense anda de cacería de presuntas embarcaciones traficantes de drogas. ¿Casualidad? ¡Claro que no!
Por si fuera poco, el gobierno venezolano, ese mismo que apunta hacia Washington con el dedo acusador, asegura estar dispuesto a negociar para combatir el narcotráfico. ¿Nos sorprende? En absoluto. Nicolás Maduro no pierde oportunidad para denunciar que Estados Unidos busca un cambio de régimen en Venezuela para apoderarse de su petróleo. ¿Versión moderna de la conquista?
Pero la cosa no queda ahí. Gustavo Petro delinquiendo en redes sociales afirma que Caracas está siendo bombardeada, clamando por una intervención de la ONU y la OEA. ¿Oportunismo barato o realidad distorsionada? Y mientras tanto, Evo Morales se une al coro de críticas, acusando a EE.UU. de agredir brutalmente a Venezuela. ¿Cuando la historia del imperialismo dejará de repetirse?
En un mundo lleno de bombardeos verbales y sin sentido, mientras Colombia ingresa al Consejo de Seguridad de la ONU, la crispación y la desinformación reinan. Una noche movida en Caracas que nos recuerda que, en el juego de poderes, los únicos perdedores son siempre los mismos: la gente común y corriente. ¿Alguna sorpresa? ¡Ninguna!
