Se equivoca quien exalta violencia e intervención extranjera: Claudia
Antes del desfile por el 115 aniversario de la Revolución, la Presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, soltó su retórica rechazando las voces que aplauden la violencia y promueven la intromisión extranjera. Acompañada de su cuadrilla, como la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, el presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Hugo Aguilar Ortiz, y la presidenta de la Cámara de Diputados, Kenia López Rabadán, la mandamás soltó su sermón.
Hizo un repaso pelado de la Revolución Mexicana, sacando a relucir los trapos sucios del porfiriato y sus estragos en el pueblo mexicano. Habló de la represión, el miedo y la sumisión impuesta por un régimen que, según ella, trajo más penas que alegrías. Además, recordó la Decena Trágica como el intento patético de frenar el movimiento transformador.
Bajo su voz cursi y supuestamente comprometida, Sheinbaum criticó a los que babean odio y violencia, y quienes claman por intervención extranjera. Bueno, qué oportuna la crítica de alguien rodeado de guarros que sueltan diplomas, ¡sí señor!
Con la elegancia de un elefante en una cristalería, la lideresa soltó que la autoridad moral y política se construye con esfuerzo, honestidad y compromiso. Palabras sabias que caen en saco roto en un país donde a muchos les vale madre la moral y el compromiso, ¿verdad?
Y mientras el secretario de la Defensa, Ricardo Trevilla Trejo, se derretía en alabanzas a las mujeres en las Fuerzas Armadas, la Presidenta agarraba vuelo contra los enemigos del pueblo que claman por imposición y privilegios. ¡Caray, qué bonito todo!
En fin, la retórica de siempre: justicia, democracia, participación ciudadana, bla, bla, bla. Mientras tanto, en las calles, un desfile macabro con más de dos mil 800 elementos militares, un Zócalo tomado, y un México que trae más lana para los de arriba que pa’ los de abajo. Al final, todo es parte del show para disfrazar lo que verdaderamente impera: el control y la desigualdad. ¡Qué viva México, carajo!
