Las calles de Irán ardían por el descontento popular ante el fiasco económico que hunde al país en la miseria. Las protestas, ahora políticas, son más fuertes que la dignidad de los gobernantes.
Por un lado, el supuesto líder persa, bien firme en su corrupción, ha decidido apagar la única luz que les quedaba a los ciudadanos: la internet. Con eso, trata de sofocar las voces que claman por un cambio real, no de esas falsas promesas que solo traen más cadáveres. Y no, no es Halloween, es la realidad embravecida en las calles iraníes.
¡Pero espera! Llega el superhéroe de la libertad, el gran Trump, desde su torre de marfil en Estados Unidos, con su capa de hipocresía flameando al viento. Dice estar «listo para ayudar». Claro, porque lo que a este magnate le importa es la libertad… ¡sí, claro! Más parece una película de Hollywood que una realidad tan cruda como una patada en el estómago.
Mientras tanto, las fuerzas de seguridad persas no quieren ser menos, y lanzan munición real y gas lacrimógeno a diestra y siniestra. El saldo no es otro que una pila de cuerpos inertes y heridos, esos que molestan a los poderosos porque se atreven a levantar la voz.
Pero el show debe continuar, y el presidente Trump, desde su trono dorado, manda un mensaje envalentonado: él está listo para defender la libertad en Irán. ¡Qué conveniente! Ya veremos si esa valentía perdura cuando haya que ensuciarse las manos y no solo mandar tweets.
Todo esto es una trama siniestra, donde unos simulan apoyo y otros reprimen a su propio pueblo. En medio de todo, la vida se desangra en las calles y el sufrimiento se convierte en moneda de cambio para los poderosos. Una realidad cruda, tan cruda como la corrupción que carcome las entrañas del poder, sin importar las vidas que se lleve por delante. ¡Qué mundo, señoras y señores, qué mundo! ¡Bienvenidos al espectáculo de las marionetas políticas!
