En un ataque directo al centro de Chilpancingo, la violenta realidad se puso al descubierto cuando el jefe del IMSS-Bienestar, Raymundo Cabrera Díaz, fue cazado como un animal en plena calle. ¿Su delito? Ser un funcionario en peligro en esta tierra sin ley.
El médico intentó huir en un intento desesperado por salvar su vida, corriendo en bermudas y chanclas como un ciudadano común y corriente. Pero los matones que buscaban su cabeza no tuvieron piedad: le dispararon seis veces, destrozando cualquier atisbo de humanidad en ellos. El resultado: una muerte brutal en el suelo de un negocio de alimentos, sin misericordia ni justicia a la vista.
¿La escena del crimen? Una cortina metálica manchada de sangre y siete casquillos abandonados como trofeos de una cacería mortal. Y mientras tanto, las autoridades recogen evidencia como si fueran a resolver un enigma de un programa de TV, sin mostrar una pizca de lo que realmente importa: justicia para un hombre abatido en plena luz del día.
El IMSS y la Fiscalía se cubren con comunicados y diligencias, como si unas palabras y un par de balas recogidas fueran suficientes para desentrañar este crimen. Pero la verdad es que un hombre ha caído, y nadie parece tener la honestidad o valentía de mirar de frente a la corrupción y la violencia que nos rodea.
Mientras la ley sigue siendo una promesa vacía en las calles de Chilpancingo, la sombra de la impunidad se cierne sobre todos nosotros, dejando claro que aquí, en este lugar olvidado por la justicia, la vida no vale más que unas líneas en un comunicado oficial. Una realidad amarga que nos recuerda que estamos a merced de la brutalidad y la injusticia, sin esperanza de un mañana mejor.
