Al comenzar el 2026, Rusia y Ucrania nos regalaron un show digno de telenovela, con drones, tensiones y acusaciones que podrían poner en jaque a más de uno.
El circo inició con el chillido de Rusia, asegurando que Ucrania quiso atentar contra una residencia presidencial en Nóvgorod usando un dron. Qué casualidad, ¿no? El almirante Igor Kostyukov, jefe de la Dirección General del Estado Mayor ruso, hasta entregó pedacitos del dron a los gringos, para que vean que la mano negra ucraniana está detrás del chisme. Según el Kremlin, la memoria del aparato señala directamente al complejo donde vive el padrino ruso. ¡Qué casualidad! Claro, todo esto fue compartido con Estados Unidos para disipar dudas, ¿cómo creen, somos niños?
Pero Ucrania, con su lengua bien afilada, dijo que ni cerca estuvo de planear semejante atentado contra el santón ruso. Hasta The Wall Street Journal y la abuela Reuters dijeron que no encontraron evidencia del chisme ruso. ¿Conspiración? ¡Nah!
Donald Trump, el amante de la política, no se quedó callado y soltó que Rusia está más tiesa que una tabla para avanzar en la paz. ¿Paz con drones? ¡Aplausos, please!
Y en una jugada audaz, Ucrania se lanzó al ruedo para denunciar que Rusia mandó más de 200 drones a hacer una fiesta de fuego en Año Nuevo contra varios puntos del país, y la energía era la diversión principal. Zelenski, el showman ucraniano, dijo que así no va la cosa, que ni en Navidad paran las rabietas rusas. ¡Qué graciosos!
En fin, otro año, mismo culebrón. Rusia y Ucrania, dos países hermanos que no pueden vivir el uno sin el otro. Ah, la geopolítica, un circo sin fin. ¡Bravo, bravo! ¡Y que siga el show!
