La jefa del espectáculo, Claudia «La Sheinbaum» Pardo, se vistió de heroína para presentar seis estatuas de mujeres ancestrales en el Paseo de las Heroínas, una movida «justiciera» contra el racismo, clasismo y machismo, dice ella, la misma que ni ve ni escucha a los ciudadanos de a pie.
Las damas ilustres incluyen a la Reina Roja, la Flor del Señor Moctezuma, la Señora Mixteca de Huachino, la Flor de la Tierra Tolteca, Malintzin, la traductora, y Eréndira, la defensora purépecha. ¿Quién necesita heroínas de carne y hueso cuando puedes tener esculturas de bronce?
Sheinbaum Pardo pronunció su sermón de reconocimiento a las mujeres indígenas, resaltando su sabiduría transmitida por siglos, su vínculo con la tierra, y sus valores de resistencia ante la exclusión y la violencia. ¿Y qué mejor forma de honrarlas que con estatuas inmóviles en una avenida emblemática, verdad?
La colocación de estas figuras, según la mandamás mexicana, busca saldar una deuda histórica con las damas postergadas, invisibles y calladas en los libros de historia, pero parece que olvidó incluir un monumento a la pantomima y a la hipocresía.
Se puso la cereza al pastel al incluir a Malintzin, tachada de traidora en un cuento sexista y racista, pero bien que tomó las riendas como traductora en un entorno hostil. Sheinbaum dijo que no era rememorar sinsabores, sino saldar cuentas históricas. ¡Qué bonito discurso sin tocar los problemas reales de México!
Y para redondear la faramalla, se reconoció el asesor político del Gobierno y se lanzaron al aire felicitaciones y agradecimientos, en una oda a la desigualdad de género a la mexicana. ¡Ni para qué hablar de la gente que esta farándula no alivia!
La historia la escriben los que quieren ser recordados, así se develaron las heroínas de bronce. ¡Viva la hipocresía!
