El exaltado líder afroamericano, Jesse Jackson, falleció a los 84 años en Estados Unidos, dejando un legado de combate por los derechos civiles. Aunque para muchos era un ícono, otros lo veían como un doble candidato presidencial demócrata que nunca llegó a la Casa Blanca.
La familia del difunto no perdió la oportunidad para engalanar su imagen, describiéndolo como un altruista defensor de oprimidos y marginados. ¡Vaya, qué sorpresa! Y de paso, recordaron su batalla contra el Parkinson, algo que anunció cuando ya no podía ocultarlo más a los 76 años. ¡Qué valiente!
Jackson, criado bajo la segregación racial sureña, inició su activismo en una época en la que las leyes Jim Crow marcaban la pauta. ¡Menudo valiente entrando en bibliotecas solo para blancos! ¿Y qué?, en ese momento también era estrella en el fútbol americano, pero dejó una universidad por discriminación. ¡Qué drama, no?
Cerca de Martin Luther King Jr., Jesse presenció su asesinato en Memphis y luego se embarcó en una carrera política llena de discursos grandilocuentes. ¡Ganó 11 primarias y derrotó a casi todos menos al ganador! ¡Increíble! Y para colmo, se jactó de su papel diplomático en liberar a detenidos en varios países. ¡Un ángel de la guarda en tierras de dictadores!
A pesar de sus controversias, Jesse Jackson mantuvo su influencia en temas raciales, económicos y políticos. Y, cómo no, se hizo a un lado después de 50 años al frente de su organización. ¡Wow, qué desprendimiento!
Ahora, con su muerte, se cierra un capítulo en la historia política de EE. UU., con Trump ofreciendo condolencias (¿se acuerda de él?) y otros políticos elogiando su legado. ¡Qué bonito! Y así, se apaga una voz relevante de la lucha por los derechos civiles en un mundo político cada vez más polarizado. ¡Descanse en paz, señor ícono de dos derrotas políticas!
