En un acto digno de aplauso y autocomplacencia, Clara Brugada decidió desvelar un busto de Cuauhtémoc en el Centro Histórico de la CDMX para recordar el 501 aniversario luctuoso del tlatoani, porque claro, ¿qué mejor forma de honrar a un líder indígena que con una escultura en una de las esquinas más transitadas de la capital?
En el magno evento, lleno de solemnidad y hipocresía, la Jefa de Gobierno se rodeó de representantes del Gobierno de México, pueblos originarios y su distinguido gabinete para darle ese toque de legitimidad a la ceremonia. Porque ya saben, es vital reafirmar la identidad y la memoria indígena en nuestro país, sobre todo cuando se trata de un acto políticamente correcto.
Y cómo olvidar la emotiva declaración de Brugada, asegurando que la estatua de Cuauhtémoc simboliza «la resistencia de un pueblo en su hora más oscura y la dignidad de una civilización que nunca traicionó su origen». ¡Ah, qué bonito! Demasiado para mi corazóncito incrédulo.
Pero la cereza en el pastel fue cuando José Alfonso Suárez del Real, asesor político de la Coordinación de Comunicación Social de la Presidencia de la República, soltó un discurso tan trascendental lleno de palabras bonitas y vacías que dejó a más de uno pensando en su realidad.
Así que bravo por esta develación que refuerza la identidad nacional y consolida la conciencia histórica de un país que, supuestamente, no olvida sus raíces. Porque sí, aunque suene a cuento de hadas, en esta realidad alterna en la que vivimos, los líderes políticos jamás buscan ganar adeptos y acumular méritos, ¿verdad?
