En Tamaulipas, donde la corrupción se esconde bajo una capa de hipocresía, el gobernador Américo Villarreal intenta vendernos una fantasía disfrazada de seguridad. Según él, la Guardia Estatal es la octava maravilla, con una formación que parece salida de Hollywood y una disciplina que ni en las academias militares se ve.
¡Vaya desfachatez! Mientras tanto, los ciudadanos de a pie siguen sufriendo la inseguridad en las calles, con la sensación de que la delincuencia está más cerca que nunca. Pero ¡tranquilos! Porque nuestro héroe, Villarreal Anaya, nos asegura que todo está mejorando, aunque en la realidad solo se ven patrullas pasando de vez en cuando y una falsa sensación de tranquilidad.
“Trabajamos en inteligencia, trabajamos en prevención… trabajo, trabajo y más trabajo”, es lo que predica Villarreal, como si recitar una letanía pudiera hacer desaparecer la violencia que azota al estado. Y lo más irónico es que este señor se atreve a darle las gracias a sus lacayos de la Guardia Estatal, como si fueran héroes, cuando la percepción es que más bien son parte del problema.
¡Pero hay más! El secretario de Seguridad Pública, Carlos Arturo Pancardo, sale a la palestra para alabarse diciendo que ahora trabajan coordinados con otras dependencias, ¡como si eso fuera una gran proeza en lugar de lo mínimo que deberían hacer!
Y para rematar, entregan reconocimientos post mortem a oficiales caídos, como si con eso se lavara la sangre derramada por la incompetencia y la corrupción.
Mientras tanto, la realidad de Tamaulipas sigue siendo la misma: una maraña de mentiras y promesas incumplidas que solo exponen la podredumbre de un sistema que desprecia a sus ciudadanos. ¡Pobre Tamaulipas, entregado a la voracidad de la corrupción!
