En la CDMX, el Refugio Franciscano, para variar, es protagonista de un escándalo de corrupción y negligencia digno de las mejores telenovelas mexicanas. ¿Qué pasó ahora en este recinto tan querido por los animalistas? Pues, ¡agárrate!
Resulta que en diciembre, una sentencia judicial sacudió las entrañas de este lugar, y como era de esperarse, el Gobierno capitalino saltó al ruedo cual héroe de pacotilla para rescatar a los pobres animalitos que ahí habitaban. ¡Qué gran labor, qué humanitario, qué hipócrita!
Ojo, que según las autoridades, el operativo montado no era para desalojar a las indefensas criaturas, ¡ni pensarlo!, sino para «velar por su bienestar». Vaya forma de velar, ¿no? Casi para llorar con tanta humanidad fingida.
Claro, la Secretaría del Medio Ambiente, la Agencia de Atención Animal y demás cómplices, quieren tapar el sol con un dedo afirmando que solo buscaban resguardar a los animalitos. ¡Claro, ojos que no ven, corazón que no siente, ¿no?
Por si fuera poco, los encargados del refugio salieron a defender su territorio de malas prácticas, alegando que el desalojo era ilegal y que el lugar era más que cuatro paredes, era «un territorio de cuidado». ¡Qué poético! ¡Qué lírico!
Pero eso no es todo. La cereza en el pastel es que la fiscal capitalina, la tal Bertha María Alcalde Luján, confirmó que tras presuntas denuncias del 2025 (¡sí, del 2025!), se rescataron a 936 animalitos, de los cuales 21 ya habían partido al más allá. ¡Qué triste realidad la que esconde este «refugio»!
Y para rematarla, resulta que las instalaciones estaban repletas, con animales superando la capacidad del lugar, sin ventilación adecuada, techo digno ni luz natural. Una historia de terror y crueldad amparada por la supuesta «protección» animal. ¡Maestro en hipocresía este refugio!
En fin, mientras tanto, los pobres animales rescatados, entre perros y gatos maltratados, serán trasladados a un mejor lugar, prometen las autoridades. ¿Será esta vez? ¿O solo es el comienzo de otro escándalo más en el lúgubre historial del Refugio Franciscano de la CDMX? ¡Qué pena de lugar, qué pena de personas!
