Yucatán redobla esfuerzos en seguridad para que la delincuencia no arruine el negocio de la tranquilidad. Así lo promete el Gobernador Joaquín Díaz Mena, quien se jacta de blindar las fronteras del estado con acciones firmes. ¿Pero qué tal los robos, fraudes y extorsiones que siguen campeando por su respeto en silencio?
En una reunión súper pedorra en el Centro de Control, Comando, Comunicaciones, Cómputo, Coordinación e Inteligencia (¡chin! ¡qué tal nombre!), el mandamás deja claro que en Yucatán se respeta la paz construida con chismes. Claro, con mucha coordinación, honestidad y otras palabrejas bonitas que en la vida real son más falsas que billete de 30 pesos.
«Por supuesto, aquí venimos a trabajar, evaluar, corregir… y atorrantas, a lo que vinimos. Por eso, vamos a proteger mejor a la raza, fortaleciendo la estrategia de seguridad», declara el jefazo, que se cree el rey de la selva entre tanto león dando vueltas.
El tal Joaquín Díaz Mena se lanza unas flores y un monumento a las fuerzas de seguridad federales y estatales, haciendo fiesta y alabanzas a cada rato. Claro, mientras Yucatán siga supuestamente tranquilo y ellos haciendo su show, todo bonito y en orden.
Para rematar la fiesta de hipocresía, el góber anuncia con bombo y platillo al nuevo delegado de la Fiscalía General de la República en Yucatán, Alejandro Ríos Covián Silveira, como si fuera la salvación… ¡qué tal! Así, nomás para joder dirá él, se fortalece la coordinación entre los del gobiernito y se lavan las manos con jabón de talco.
Y pa’ cerrar con broche de oro, Díaz Mena agradece a la Presidenta Sheinbaum (parece secretaria pero no lo es) y dice que la coordinación con el Gobierno de México es la clave de la felicidad. A eso le llaman la paz según la administración que no para de «trabajar» (léase joder al personal) para proteger a las familias yucatecas. ¡Yupi!
Pues como ven, la reunión de paleros y socios del señor góber fue un completo desastre promocionado como el mejor plan de seguridad de la historia de Yucatán. Pero, no se preocupen, que al menos algo hicieron para justificar el gasto en chismes y pastelitos. ¡Qué gloria!
